Existe una historia que solo he de contar una vez. Pues es muy triste, y nunca se escribira el final feliz.
Mi alma es hombre que camina descalso sobre rocas y hojas secas, mi alma sangra y por una eternidad seguira.
Puedo contarles lo que ella me dijo, la conoci hace un tiempo.
Tuvo la desdicha de venir, acercarse y decirme que estaba enamorada, "vengo a vivir", esas fueron sus palabras... Podia jurar que no habia luz tan inmensa como la de su amadao, podia jurar que tanta magia no existia en el loco mundo de las hadas,
resultaba increible que existiera la esa divina imagen.
Crei que nunca te veria, dije sin expresion en mi rostro.
Saco del bolsillo de una arrugada campera de cuero marron, una balanza de oro y no mas grande que la palma de la
mano. Me dijo "d eun lado el mundo, del otro ella. Necesitariamos dos mundos... ella es increible"
Me conto como eran sus viajes interminables en aquellos bosques de arboles altos como el infinito, bosuqes de nunca
sol, y de siempre luna.
La brisa, compañera, alma de almas sin destino, acaricio su rostro tanto tiempo. Entono tan dulce sintonia, la copa
de los arboles fueron el mas viejo bandoneon. Hay esa brisa! Enfriaba sin enfermar, erizaba mi piel y me hacia desear. Con
ella no sabia lo que era no tener un abrazo, con ella no sabia lo que era el olor a traicion. Ella quien sabia de mi y me
regalaba ese aroma a menta y manzanilla que tanto me hacia amar.
Mi brisa de un lado, vos del otro, necesito mil brisas, ella es increible
El aroma a menta y manzanilla de un lado, el aroma de su piel del otro, necesito mil aromas, ella es increible.
Aprendi el idioma que hablaban las ramas y hojas secas cuando las aplastaba con mis descalzos pies, soliamos charlar,
largas charlas, historias tan viejas ya, secretos tan profundos... Conocimientos tan verdaderos. A veces discutiamos, ellas
eran agresivas y lastimaban mis pies hasta que sangraban y teñian de rojo ajel marron decadente. Nunca dejaron de disfrutar,
orgullosas nunca pidieron perdon, siempre amaron la venganza y solo asi eran capaz de olvidar lo sucedido y mañana quizas,
decir hola sin mirar atras. Orgullosas de tanto conocimiento. No saben sentir. Yo tampoco lo sabia.
No vi en mi vida tantas hojas y ramas que alcanzen el peso de tu amor.
Las piedras me enseñaron lo que era la paz, ellas conocian la meditacion y no necesitaban nada mas. Podian jurar y
dar su alma discutiendo que solo con la imaginacion basta para ser feliz. Ellas conocian los sueños, meditaban hasta entrar
en lo mas profundo de su inconsciente y esperaban encontrar como controlar sus sueños. No habia nada imposible, mientras se
pueda soñar.
Soñarte eternamente es increiblemente tentador, no voy a usar la balanza.
Nunca conoci alma mas agresiva que el rio, amenazadora en todo momento, disgustada con la paz de las rocas y en la
eterna lucha por destruirlas, siempre demostro la frajilidad de su alma. Siempre odio todo y trato de llevarselo consigo.
Odia los peces e intento destruirlos miles de veces, alejo al Salmon de su hogar, y este en contra corriente pudo volver.
Odia eso.
Fracasado y lleno de ira el Rio, traicionero a la perfeccion, amenazante por naturaleza, destructor de toda materia. No
tienes comparacion.
No podria imaginarme cuantos Rios bastarian para cambiarlos por mi amor.
Descubri la bondad en los arboles, siempre callados, sirviendo de instrumento a la brisa y en la constante tarea de
abandonar esas hojas que dejaron de creer... Ellos viven para los demas. Una hoja una vez me dijo que los arboles, siempre
timidos, se enamoraron de la luna y nunca se lo dijeron, por eso es que transmiten tanto amor, y es por eso que nunca dejan
de tratar de llegar a ella y asi poder besarla, acariciarla y hacerle el amor tanto asi como dure la eternidad. No van a
parar, no pueden ocultar tanto amor, inconscientes de muchas cosas. Bailan... Todos juntos y deleitan la vista de la luna que
no deja de pensar en alguien mas. Pero por que no sabe cuanto amor hay en esos arboles. Yo no encontre razon para tan inmenso
sentimiento, asi que decidi sobrepasarlo tanto como mil veces. Yo aprendi de los arboles, ellos no piden nada a cambio y dan
mucho. Ellos tienen rostros, no hay dos iguales, y son tan antiguos... Son tan abuelos, son tan viejos... No quieren
abandonar, a la luna van a llegar.
Mil arboles de un lado y vos del otro. Igualdad.
Ella me ama, y me apresa. La odio, como aprendi del rio, deseo encontrar la forma de olvidarla, deseo tener el
conocimiento de todas las cosas y asi obligarla a que me deje en paz, eso lo aprendi de las hojas y ramas secas, voy a
dedicarme a planearlo en paz, eso lo aprendi de las piedras, voy a dejar vivir a los arboles, voy a darle lo que les
pertenece por merito, voy a enfriarla tanto como pueda, asi como la brisa, asi la podre romper facilmente. Odio la luna.
Alguna la ame, y ese fue mi error.
En este mundo nada muere, no existe la muerte. Las almas viven su lugar...
Me prometio volver al bosque si la dejaba ir...
jueves, 10 de abril de 2008
El camino hacia la felicidad esta lleno de espinas...
viernes, 4 de abril de 2008
El Alquimista
Soñar hace que las personas vean realizadas sus metas sin aun lograrlo.
Por esto entendemos que soñar es nocivo para el ser humano... Nos muestra y hace sentir
felices sin serlo, nos muestra la superficialidad de las cosas que podrian existir y no lo hacen.
El humano tiene la imperiosa necesidad de soñar, encuentra en ella un consuelo extraordinario. Soñar
nos sirve para complacer los momentos de angustia, pena, momentos de llanto. Pero es inevitable no soñar,
lo hacemos todo el tiempo... he aqui en donde necesitamos evolucionar nuestro pensamiento.
Soñar sin ver complacida nuestras penas, soñar simplemente para degustar en una minima porcion lo que
es la victoria.
Yo sueño, imagino... Y lo hago, tengo mi lado soñador de un tamaño inmenso, pero lo uso de manera racional.
A veces cuando es demasiado y me pide a gritos salir a la luz, yo le alimento con un libro.
Francisco Gargiulo
Para descargar el libro, copiar y pegar el link en un tu ventanda del navegador.
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miércoles, 2 de abril de 2008
Burda Poesia
La puta maldicion
Amar
querer ese desgraciado momento feliz
estupido quien ama, estupido yo
estupido por creer en tu mirada
desgraciado por esperar tu amor
una eternidad en mi penumbra
ese es el convencional precio
y aun asi, los años no podrian,
nada lo haria
Yo no te dejaria
desconfio de mi cordialiad,
yo te amo, nena, no me jodas
el techo nunca caera
no tengo por que esperar
dios solo mira tv
dios solo quiere cerveza
yo podria ser dios
yo te ordenaria que fueras mia
Al final del camino estoy yo
mis lagrimas te han de guiar
brillan y sufren
te esperan
quieren paz
ellas tambien te aman
ellas no te dañaran
conmigo nadie lo hara.
Dios y la puta madre
cuanto amor me has de impedir dar
solo quieres mis venas
algun dia abiertas estaran.
Hay Tigres
Charles necesitaba angustiosamente ir al lavabo. Ya era inútil engañarse diciendo que podía
esperar al recreo. Su vejiga protestaba desesperadamente, y Miss Bird le había descubierto
retorciéndose.
Había tres profesoras en el tercer grado de la Escuela Elemental de Acorn Street. Miss
Kinney era joven y rubia y llena de vivacidad. Mrs. Trask tenia la hechura de un almohadón
moruno, se peinaba con trenzas y se reía ruidosamente. Y luego, estaba Miss Bird.
Charles había sabido que terminaría con Miss Bird. Lo había sabido. Había sido inevitable.
Porque era obvio que Miss Bird quería destruirle. No permitía que los niños fueran al sótano.
El sótano, explicó Miss Bird, era donde se guardaban las calderas de la calefacción, y las señoras y los caballeros bien educados jamás irían allí, porque los sótanos eran lugares feos, viejos y llenos de hollín. Las jóvenes y los caballeros, repitió, no bajan al sótano.
Van al cuarto de banio, dijo.
Charles volvió a retorcerse. Miss Bird le miró.
-Charles -dijo claramente, señalando Bolivia con el puntero-, ¿no necesitas ir al baño?
Cathy Scott, que tenía el pupitre delante de él, se rió pero cubriéndose prudentemente la boca
con la mano.
Kenny Griffen hizo una mueca y dio una patada a Charles por debajo del pupitre. Charles se
ruborizó.
-Di algo, Charles -insistió Miss Bird, vivamente-. Necesitas... (dirá orinar, siempre dice
orinar)
-Si, Miss Bird.
-¿Sí qué?
-Que tengo que ir al só..., al baño.
Miss Bird sonrió.
-Muy bien, Charles. Puedes ir al baño a orinar. ¿Es eso lo que necesitas hacer? ¿Orinar?
Charles bajó la cabeza abrumado.
-Muy bien, Charles. Puedes ir. Y la próxima vez, por favor, no esperes a que te lo pregunte.
Risitas generales. Miss Bird golpeó su mesa con el puntero.
Charles recorrió el pasillo hasta la puerta, con treinta pares de ojos clavados a su espalda y
cada uno de esos niños, incluida Cathy Scott, sabía que iba al baño a orinar. La puerta estaba a una distancia tan larga como un campo de fútbol. Miss Bird no siguió con la clase, sino que mantuvo silencio hasta que él hubo abierto la puerta, pasado el vestíbulo milagrosamente vacío, y vuelto a cerrar la puerta.
Anduvo hacia el baño de los chicos...
(sótano, sótano, sótano, SI QUIERO)
... arrastrando los dedos a lo largo de la fresca tira de mosaico de la pared, dejándolos saltar
sobre el tablón de anuncios con los boletines pegados con chinchetas y resbalar sobre la...
(ROMPAN EL CRISTAL EN CASO DE EMERGENCIA)
... superficie roja de la caja de la alarma contra incendios.
Miss Bird disfrutaba. Miss Bird disfrutaba haciéndole ruborizarse. Delante de Cathy Scott
-que nunca necesitaba ir al sótano, ¿hay derecho?- y de todos los demás.
P-E-R-R-A, pensó. Lo deletreó porque el año pasado había decidido que, si se deletreaba,
Dios no lo consideraba pecado.
Entró en el baño de los chicos.
Dentro estaba muy fresco, con un leve, aunque no desagradable, olor a cloro, colgado
insistentemente del aire. Ahora, a media mañana estaba limpio y desierto, tranquilo y agradable, no como el maloliente y humoso cubículo del Star Theatre» en la ciudad.
El baño...
(¡sótano!)
... estaba construido como una L, la pata corta con una hilera de pequeños espejos cuadrados
sobre palanganas de porcelana y un rollo de toallas de papel...
(NIBROC)
- ... y la pata más larga con dos urinarios y tres cubiculos con sus tazas.
Charles dio la vuelta a la esquina después de contemplarse, aburrido; su rostro delgado y
pálido en uno de los espejos.
El tigre estaba echado al fondo, exactamente debajo de la ventanita blanca. Era un gran tigre,
con rayas y manchas oscuras pintadas en su piel. Levantó la cabeza vivamente para mirar a Charles y sus ojos verdes se estrecharon. Una especie de gruñido suave como ronroneo escapó de su boca.
Los ágiles músculos se flexionaron y el tigre se levantó. Agitó la cola y golpeó con un ruidito
corltra los lados de porcelana del último urinario.
El tigre parecía muy hambriento y agresivo.
Charles salió precipitadamente por donde había entrado. La puerta parecía tardar años en
cerrarse, neumáticamente, tras él, pero cuando lo hizo se creyó a salvo. Esta puerta solamente se abría empujándola, y no recordaba haber leído jamás, u oído, que los tigres supieran abrir puertas.
Charles se secó la nariz con el dorso de la mano. Su corazón latía con tal fuerza que podía
oírlo. Seguía necesitando ir al sótano, más que nunca.
Se revolvió, bailó, y apretó la mano contra el vientre. Realmente tenía que ir al sótano. Si
solamente pudiera tener la seguridad de que no se acercaría nadie, podía entrar en el de las niñas.
Estaba del otro lado del vestíbulo. Charles lo miró anhelante, sabiendo que no iba á atreverse en un millón de años. ¿Y si llegara Cathy Scott? Oh... horror de los horrores... ¿Y si la que llegara fuera Miss Bird?
Quizás había imaginado el tigre.
Abrió la puerta lo suficiente para acercar un ojo y miró. El tigre le miró a su vez desde el
ángulo de la L, con los ojos de un verde resplandeciente. Charles imaginó que podía ver una
minúscula manchita azul en aquel brillo profundo, como si el tigre se hubiera comido uno de sus ojos. Como si...
Una mano rodeó su cuello.
Charles lanzó un grito sofocado y sintió que tanto el corazón como el estómago se le
anudaban en la garganta. Por un momento, tuvo la terrible sensación de que iba a mojarse.
Era Kenny Griffin, sonriendo complaciente:
-Me ha mandado Miss Bird porque llevas años sin volver. Prepárate.
-Si, pero no puedo entrar en el baño -dijo Charles medio muerto del susto que le había dado
Kenny.
-¡Estás estreñido! -lanzó Kenny alegremente-. ¡Espera a que se lo cuente a Caaathy!
- ¡ No se te ocurra! -dijo Charles asustado-. Además, no lo estoy. Hay un tigre allá dentro.
-¿Y qué está haciendo? -preguntó Kenny-. ¿Pis?
-No lo sé -murmuró Charles mirando a la pared-. Yo sólo querría que se fuera -y se echó a
llorar.
-Eh -dijo Kenny, desconcertado y un poco asustado-. ¡Eh!
-¿Y qué pasa si tengo que ir? ¿Y si no puedo hacer otra cosa? Miss Bird dirá que...
-Vamos -insistió Kenny, cogiéndole del brazo con una mano y empujando la puerta con la
otra-. Te lo estás inventando.
Estuvieron dentro antes de que Charles, aterrorizado, pudiera soltarlo y arrimarse a la puerta.
-¡Un tigre! -exclamó Kenny asqueado-. Chico, Miss Bird te matará.
-Está del otro lado.
Kenny empezó a andar junto a las palanganas:
-¿Gatito-gatito-gatito-gatito? ¿Gatito?
-¡No lo hagas! -chilló Charles.
Kenny desapareció en la esquina.
-¿Gatito-gatito? ¿Gatito-gatito? Gat...
Charles salió disparado por la puerta y se apoyó en la pared, esperando, con las manos
apretando la boca, y los ojos cerrados con fuerza.
No se oyó ningún grito.
No tenía idea de cuanto tiempo permaneció allá, helado, con la vejiga a punto de reventar.
Contemplaba la puerta del sótano de chicos. Pero no le decía nada. Era sólo una puerta.
No iría.
No podría..
Pero al fin entró.
Las palanganas y los espejos seguían ordenados, y el vago olor a cloro persistía. Pero ahora
parecía que había otro olor por debajo de aquél. Era un olor vagamente desagradable, como de
cobre rallado.
Con gemidos de impaciencia (pero silenciosos), se acercó al ángulo de la L y miró.
El tigre estaba echado en el suelo, lamiendo sus patazas con una enorme lengua color de
rosa. Miró a Charles sin curiosidad. Enganchado en una de sus garras había un trozo de camisa.
Pero su necesidad era ahora pura agonía, y ya no podía esperar. Tenía que hacerlo. Charles
se acercó de puntillas a la palangana más cercana a la puerta.
Miss Bird entró como un huracán cuando ya se abrochaba los pantalones.
-¡Vaya, niño sucio, repugnante! -le increpó casi reflexiva.
Charles, asustado, no perdía de vista la esquina.
-Lo siento, Miss Bird..., el tigre..., voy a limpiar la palangana..., lo haré con jabón..., le juro
que lo haré...
-¿Dónde está Kenneth? -preguntó Miss Bird con calma.
-No lo sé.
La verdad es que no lo sabia.
-¿Está allá dentro?
-¡No! -gritó Charles.
Miss Bird se acercó al lugar donde la habitación hacía ángulo:
-Ven aquí, Kenneth. Ahora mismo.
-Miss Bird...
Pero Miss Bird ya había dado la vuelta a la esquina. Iba dispuesta a atacar, pensó Charles,
pero iba a descubrir lo que era un ataque de verdad.
Volvió a traspasarla puerta. Bebió agua en la fuente de la entrada. Miró la bandera americana
colgada sobre la entrada del gimnasio. Miró el tablón de anuncios. El Mochuelo del Bosque,
avisaba: GRITAD, PERO NO CONTAMINÉIS. El Buen Amigo, aconsejaba: NO OS VAYÁIS
CON DESCONOCIDOS. Charles lo leyó todo por dos veces.
Después, volvió a la clase, recorrió el pasillo hasta su sitio con los ojos en el suelo, y se
deslizó en su asiento. Eran las once menos cuarto. Sacó Caminos a todas partes y se puso a leer sobre «Bill en el Rodeo».
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Francisco Gargiulo
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El Asesino
Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quien era, ni
que estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre
ni que había estado haciendo. No podía recordar nada.
La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el
sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.
Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo,
automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina,
pero ahora estaba parada.
Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la
fabrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando
balas.
"¿Quién Soy?" - le dijo pausadamente, indeciso.
El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la sensación de que no le
había escuchado.
"¿Quién soy? ¿Quién soy?" - gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus
salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.
Agito el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el
empaquetador cayó, y con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo.
El recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más.
Escucho el click-click de pisadas sobre él, se volvió y vio a otro hombre caminando
sobre una rampa de vigilancia. "¿Quién soy?" - le gritó. Realmente no esperaba obtener
respuesta.
Pero el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.
Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de
rodillas, pero antes de caer, pulsó un botón rojo en la pared.
Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente.
"¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!" - bramaron los altavoces.
Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando.
Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella.
La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas
de energía. Los rayos pasaron a su lado.
Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer
al suelo.
Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró
furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando de todos lados! ¡Tenía que escapar!
Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían
atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revolver.
Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo. "¡Por favor! ¡No
disparen! ¡No se dan cuenta que solo quiero saber quien soy!"
Dispararon, y los rayos de energía le abatieron. Todo se volvió oscuro...
Les observaron como cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó. "Uno de
ellos se convierte en asesino de vez en cuando," dijo el guarda.
"No lo entiendo," dijo el segundo, rascándose la cabeza. "Mira ese. ¿Qué era lo que
decía? Solo quiero saber quién soy. Eso era.
Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están haciendo esos robots
demasiado bien."
Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.
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Francisco Gargiulo
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Una tarde en lo de DIOS
por Stephen King
Una obra de un minuto, 1990
ESCENARIO EN PENUMBRAS. Acto seguido un reflector ilumina un globo de papel maché que gira sobre sí mismo en el medio de la oscuridad. Poco a poco, las luces del escenario SE ENCIENDEN y podemos ver una desnuda representación de una sala de estar: una silla común y corriente junto a una mesa (hay una botella de cerveza abierta sobre esa mesa) y un televisor al otro lado del cuarto. Hay un refrigerador de picnic lleno de cerveza bajo la mesa, además de cierta cantidad de botellas vacías. DIOS la está pasando en grande. Se advierte una puerta a la izquierda del escenario.
DIOS —un tipo corpulento de barba blanca— está sentado en la silla, leyendo un libro (Cuando las cosas malas le suceden a las personas buenas) y mirando la pantalla alternadamente. Cada vez que quiere mirar la tele tiene que estirar el cuello porque el globo flotante (que imagino que en realidad cuelga de un hilo) se encuentra justo en la línea de su visión. Por la tele están pasando una comedia. De vez en cuando DIOS se ríe entre dientes junto a las risas grabadas.
Suena un golpe en la puerta.
DIOS (con la voz bien amplificada):
¡Adelante! ¡Pase, pase que está abierto!
La puerta se abre. SAN PEDRO entra en escena, vestido con una moderna túnica blanca. Además está llevando un maletín.
DIOS:
¡Pedro! ¡Creí que estabas de vacaciones!
SAN PEDRO:
Salgo en una hora y media, pero pensé en traerle los papeles para que los firme.
¿Y usted cómo se encuentra, DIOS?
DIOS:
Mejor. Ahora sé lo que es comer esos ajíes picantes. Me hacen salir fuego por ambos extremos. ¿Trajiste las cartas de las transmisiones del infierno?
SAN PEDRO:
Sí, por fin. Gracias a DIOS. Si es que me disculpa el juego de palabras.
Saca algunos papeles de su cartera. DIOS los examina y luego tiende una mano con impaciencia. SAN PEDRO se había quedado observando el globo flotante. Luego vuelve la mirada, descubre que DIOS lo está esperando, y le coloca una lapicera sobre la mano extendida. DIOS garrapatea su firma. Mientras lo hace, SAN PEDRO vuelve a mirar fijamente al globo.
SAN PEDRO:
¿De modo que la Tierra sigue allí, eh? Después de todos estos años.
DIOS le devuelve los papeles y la contempla. Luce bastante irritado.
DIOS:
Sí, la mujer de la limpieza es la perra más olvidadiza del universo.
Una EXPLOSIÓN DE RISAS suena en la televisión. DIOS estira el cuello para poder ver, pero es demasiado tarde.
DIOS:
¡Maldición! ¿Ese era Alan Alda?
SAN PEDRO:
Puede que haya sido, señor; en realidad no logré verlo.
DIOS:
Yo tampoco.
Se inclina hacia adelante y aplasta al globo flotante, reduciéndolo a polvo.
DIOS (inmensamente satisfecho):
Bien. Hace bastante tiempo que andaba con ganas de hacerlo. Ahora puedo ver la televisión tranquilo.
SAN PEDRO observa con tristeza los restos aplastados de la Tierra.
SAN PEDRO:
Umm... me temo que ése era el mundo de Alan Alda, DIOS.
DIOS:
¿En serio? (risitas en la televisión) ¡Robin Williams! ¡Yo AMO a Robin Williams!
SAN PEDRO:
Me parece que Alda y Williams se encontraban allí cuando... bueno... cuando usted pronunció el Juicio Final, señor.
DIOS:
Oh, no hay problema: tengo todos los vídeos. ¿Quieres una cerveza?
Cuando SAN PEDRO acepta una, las luces del escenario comienzan a bajar de intensidad. Un reflector se concentra sobre los restos del globo.
SAN PEDRO:
Realmente me caía bien, DIOS; la Tierra, quiero decir.
DIOS:
No estaba tan mal, pero hay más de esas por ahí. Y ahora... ¡Brindemos por tus vacaciones!
Ambos no son más que dos sombras en la penumbra, aunque DIOS es el más fácil de distinguir porque tiene un débil halo de luz alrededor de su cabeza. Hacen entrechocar sus botellas. En la tele suenan varias carcajadas.
DIOS:
¡Mira! ¡Es Richard Pryor! ¡Ese tipo me mata! Aunque imagino que también estaba...
SAN PEDRO:
Ummm... así es, señor.
DIOS:
Mierda. (Una pausa). Tal vez fuera mejor que dejara de beber. (Otra pausa). Aunque de todas formas... iba a terminar de esa manera.
La escena se funde en negro, salvo por el reflector que ilumina las ruinas del globo flotante.
SAN PEDRO:
Sí señor.
DIOS (murmurando):
¿Mi hijo volvió, no?
SAN PEDRO:
Así es señor, hace ya algún tiempo.
DIOS:
Bueno. Entonces está todo al pelo.
EL REFLECTOR SE APAGA.
(Nota del Autor: La VOZ DE DIOS debe sonar tan alta como sea posible.)
King escribió esta pequeña obra de teatro por motivos benéficos, y fue representada el 23 de abril de 1990. El manuscrito original fue subastado luego de la función.
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Francisco Gargiulo
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20:00
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