viernes, 21 de diciembre de 2007

Nietzsche y la Musica.

“Sin la música la vida sería un error”.

Juan A. Jiménez Sanabria – 4º Hª y CC. de la Música
(Crepúsculo de los ídolos, § 33).

Esta magnífica declaración de amor a la música, que Nietzsche ha repetido en
sus cartas a Peter Gast y a Georg Brandes, no se limita a una pasión personal. Nietzsche
no es dado a los elogios. Él ha hablado de la música, de su poder equívoco: La música
es un hechizo, (Carmen), ella embruja, pero también pervierte y absorbe completamente
a sus auditores. «Cave musicam!» (¡Cuidado con la música!), (Humano, demasiado
humano. Prefacio, § 3). De una forma bastante ambigua, Nietzsche ha escrito también
que “es un prejuicio corriente en los filósofos creer que toda música viene de las
Sirenas”. (La Gaya scienza, § 372). Lo que es seguro, es que a la declaración citada en
el epígrafe, Nietzsche le confiere innegablemente un alcance metafísico. El apotegma
vuelve a colocarse a nivel de las intenciones del Creador: la vida deseada por Dios para
los hombres no tendría sentido si faltara la música, la Creación estaría perdida si el
mundo no incluyera la música. He aquí pues una suerte de Gloria in excelsis bajo la
pluma del ateo Nietzsche, dirigido no a Dios, sino al mundo y a la vida. Sin música, la
vida sería un error, así como, sin el Amor, la gracia y el Poder absoluto, Dios no sería
Dios, sería un concepto fallido, una especie de diablo cojo. Dios ha muerto. La vida es
pues la única realidad. Y Nietzsche llama amor fati, afirmación, esta aprobación de la
vida y de la realidad en todos sus aspectos, trágicos, fisiológicos, sensibles, afectivos,
este «Fasagen» (dire-oui) «decir-sí» al mundo y a la vida, que las problemáticas
metafísicas clásicas llamaban «Teodicea» (justificación de Dios). En este sentido, se
podría atrever a decir que, para Nietzsche, la música es la justificación del mundo y de
la vida, el «principio de razón suficiente», mejor aún, para hablar como Leibnitz, el
«principio de lo mejor».
Pero cuál música, y en qué sentido la música define la vida, ¿expresa, según
Nietzsche, el fondo y la perfección de la vida? Las preferencias y las intolerancias de
Nietzsche en materia de música (géneros, estilos, compositores, técnicas armónicas y de
contrapunteo) van a la par con su psicología, su cultura y su historia personal.
Preferimos pasar rápidamente sobre sus gustos idiosincrásicos, para consagrarnos más
bien a la concepción filosófica (usamos la palabra «metafísica»), que ha propuesto a lo
largo de toda su obra. Naturalmente, no haría falta recordar que la música esta
relacionada íntimamente con todos los aspectos de la vida de Nietzsche: se ha escrito
mucho sobre la música en general, sobre los compositores en particular, de su tiempo o
del pasado. Así, un buen número de parágrafos de la segunda parte de Humano,
demasiado humano, ya sea en Miscelánea de opiniones y sentencias (particularmente §
171) o en El viajero y su sombra (§§ 149 a 169) tratan de la música y de los músicos
(alemanes en particular) en el marco de un análisis de la cultura alemana (Bach, Händel,
Beethoven, Mozart, Schubert, Schumann,...). Pero, evidentemente es sobre Wagner que
Nietzsche concentra sus análisis, luego sus críticas cada vez más virulentas y finalmente
sus embestidas panfletarias. Este «Privilegio» lo es, porque los dos hombres han sido
bastante cercanos durante gran parte de los años 70 (el período en Basilea de
Nietzsche), cuando Nietzsche se adhirió profundamente al hombre y sobre todo que
amó profundamente su música, cuando incluso le opone públicamente (post mortem),
sin que por otra parte creérselo mucho en su fuero interior, la Carmen de Bizet. Y es
este conocimiento íntimo del hombre y de la obra que hace que Nietzsche haya visto en
Wagner, el símbolo por excelencia de lo que aborrecía y temía como decadente,
demagógico, anti-artístico y moralizador en la cultura alemana y (es necesario decirlo)
en él mismo, un poco de la misma manera que ha combatido violentamente en él mismo
y en la filosofía, este epítome del pensamiento metafísico, que era a su manera de ver
Schopenhauer.
Pasando por alto sin apoyarnos sobre lo que se afirma, más pintoresco y
anecdótico que verdaderamente significativo, es que Nietzsche se haya ocupado de la
composición. A pesar de la piedad o de la curiosidad de algunos incondicionales o de
musicólogos, las obras musicales de Nietzsche no han dejado y no merecen un recuerdo
perdurable. Era un buen aficionado, pero no bastante competente para mantener la
comparación con los verdaderos compositores. No temió rivalizar con uno de ellos, del
cual se burló con frecuencia Robert Schumann, al punto de criticar su Obertura de
Manfred, escribiendo una obra bajo el título (Manfred-meditación). Esta composición le
ha valido los sarcasmos del músico profesional, al cual le había presentado su obra, el
director de orquesta Hans vön Bülow, ex marido de Cosima, hija de Liszt y esposa de
Wagner.

“¿Es conscientemente que usted desprecia todas las reglas de la composición, de la
sintaxis superior a las leyes más elementales de la armonía? Pongo aparte su interés
psicológico,... su Meditación, desde el punto de vista musical, no tiene otro valor que el
de un crimen en el orden moral”.


(Carta del 24 de julio de 1874)

Es mejor preguntarse qué música escuchaba Nietzsche, ello nos puede guiar
hacia la cuestión más central de saber, que papel le asignaba en la cultura, y luego cuál
es la relación metafísica con la vida. Se trata pues, menos de los gustos del hombre
Nietzsche, que de la importancia para la vida. Ahora bien, Nietzsche trastoca las cartas
por el ejercicio despiadado del espíritu crítico moral y filosófico contra sus propios
afectos, filosóficos, literarios o musicales. Una indicación está dada en Ecce Homo, § 7:
“Aquello que en cuanto a mí exijo verdaderamente a la música. La música debe ser
serena y profunda como una tarde de octubre. Que sea desenvuelta, tierna, una
mujercita llena de abyección y de gracia. No admitiría jamás que un alemán sea capaz
de saber lo que es la música... Yo mismo, soy bastante polaco, para dar por Chopin lo
que queda de la música”.
Pasamos sobre la alusión al personaje amoral que es Carmen. Pasamos incluso
sobre la pulla a los alemanes bajo el pretexto de orígenes polacos, por lo demás
puramente imaginarios. Lo que Nietzsche quiere decir aquí debe comprenderse por una
doble reacción a la concepción de la música y del arte, que Nietzsche ha encontrado en
su maestro venerado y deshonrado Schopenhauer. Primero, como se puede constatar
desde el Nacimiento de la tragedia (§16) hasta Ecce homo, Nietzsche estima como
Schopenhauer, que la música expresa la esencia de toda vida. En el capítulo 52 del
Mundo como voluntad y como representación, Schopenhauer escribe que la música es la
expresión del mundo, del ser verdadero, es decir afectivo, de la realidad, del mundo
como voluntad. La música es una copia tan inmediata de toda la voluntad que es el
mundo. El mundo, como voluntad, es afectividad. La música es la esencia íntima, sin
pasar por la representación, la razón, el consciente, los conceptos. La música no expresa
nunca el fenómeno, sino la esencia íntima, el interior del fenómeno, la voluntad misma.
Ella es la reproducción inmediata de la voluntad y expresa lo que hay de metafísico en
el mundo físico, la cosa en sí de cada fenómeno.
Hay pues una relación estrecha entre la música y el ser verdadero de las cosas.
Ella nos da lo que precede a toda forma, el núcleo íntimo, el corazón de las cosas. Ella
expresa de una sola manera, por los sonidos, con verdad y precisión, la esencia del
mundo, en una palabra, lo que concebimos bajo el concepto de voluntad. Nietzsche
repetirá muchas veces la misma cosa, por ejemplo en Más allá del bien del mal:
“La música es el intermediario por medio del cual las pasiones
gozan de sí mismas”.

Por esto, parodiando una fórmula de Leibnitz que está al comienzo del capítulo
citado, Schopenhauer escribe:
“La música es un ejercicio de metafísica inconsciente,
en la cual el espíritu no sabe que hace filosofía”.

Aquí esta el punto importante para Nietzsche. La música expresa, más que
cualquier otro arte, la realidad de la voluntad de poder, ella es aun trágica y melancólica,
el fondo de toda vida, pero también un «estimulante de la vida» (Stimulanz zum Leben),
incitación seductora a la vida (Verfuhrerin zum Leben). Se comprende por qué El
nacimiento de la tragedia está subtitulada «A partir del espíritu de la música». Sin
embargo, y es el segundo aspecto de la toma de posición nietzscheana con respecto a
Schopenhauer, la música puede ser igualmente la traducción de la negación de la vida,
conforme a la tesis de Schopenhauer según la cual el arte es por excelencia el medio de
escapar a los sufrimientos de la voluntad, el medio para la voluntad de negarse y
refugiarse en las ideas platónicas, paradigmas del arte. Es lo que explica el combate
contra Wagner, con la antítesis forzada y poco convincente entre Parsifal y Carmen.
Pero lo que está en juego, según Nietzsche, es esencial para el problema de la
civilización, de la afirmación dionisiaca de la vida. Esta aprobación se opone al
resentimiento, a la moral, a la negación del cuerpo y de la vida, al renunciamiento,
simbolizado por “el bobo puro” (der reine Tor) de Parsifal. La palabra clave de esta
antítesis es un término que se ha señalado muy poco, ocurrencia frecuente bajo la pluma
de Nietzsche desde Humano, demasiado humano, hasta Ecce Homo o el Crepúsculo de
los ídolos. Es esta Heiterkeit, traducido por “belle humear” (serenidad), como una
alegría serena y un poco desenvuelta en el corazón mismo de los sufrimientos y de los
enigmas dolorosos de la vida y de las pasiones humanas. Una de sus primeras
apariciones sirve para calificar la música de Mozart. Esta asociación conviene
completamente a lo que Nietzsche quiere expresar: “El espíritu sereno, claro, tierno y
ligero de Mozart, cuya gravedad respira la tranquilidad y no el terror”. (El viajero y su
sombra §165 y §154).
Se puede resumir en algunas notas fugitivas sobre el amor metafísico de
Nietzsche y de su filosofía por la música con otro bello texto de 1888 sacado de
Nietzsche contra Wagner, y retomado en la Gaya scienza (§368):
“Y me planteo la pregunta: ¿Qué quiere pues, de la música mi cuerpo entero? Pues no
es del alma... creó que su aligeramiento; como si todas las funciones animales debieran
ser aceleradas mediante ritmos ligeros, audaces, turbulentos; como si el bronce y el
plomo de la vida debieran olvidar su pesantez gracias al oro, la ternura y la untuosidad
de las melodías. Mi melancolía quiere descansar en los escondites y los abismos de la
perfección: he aquí por qué necesito de la música”.